La cada vez más creciente influencia político-religiosa de los grupos neoconservadores en América Latina

CRONICÓN.NET /

Así como las marchas y plantones por los derechos de las mujeres y personas LGTBIQ cada vez ocupan más plazas públicas a lo largo y ancho de América Latina, lo cual denota la irrupción de los feminismos que se puede definir como un hito histórico en las luchas de reivindicación social, también a la par de este estallido se han levantado las voces de actores políticos, religiosos, económicos y empresariales con explícitos tintes ideológicos de derecha y ultraderecha.

Para abordar en detalle este tema de amplia repercusión social y política, la Fundación Rosa Luxemburg acaba de presentar un sugerente libro que contribuyen a entender cómo actúan estos grupos de la reacción conservadora en el hemisferio, cuáles son sus estrategias, quiénes son y cómo se articulan. Uno de los objetivos de la investigación bibliográfica es posibilitar que mujeres, disidencias, colectivos y organizaciones tengan más opciones de defensa frente al riego que corren de ser limitados o conculcados los derechos sociales.

Con el título Derechos en riesgo en América Latina. 11 estudios sobre grupos neoconservadores, la regional andina de esta fundación alemana, con sede en Quito, Ecuador, ha puesto a disposición de los lectores en acceso abierto este trabajo bajo la responsabilidad editorial de la investigadora cubana Ailynn Torres Santana, en el que se analiza la caracterización y el avance de los grupos neoconservadores en toda la región.

El libro analiza detalladamente el accionar y las estrategias de los neoconservadurismos religiosos y movimientos antiderechos en América Latina y el Caribe; cómo tejen redes, replican, y reelaboran narrativas y estrategias para captar adherentes y replicar sus mensajes.

Tales grupos se caracterizan por oponerse de manera frontal a la ampliación de los derechos para las mujeres y las sexualidades diversas; hacen propaganda contra el matrimonio igualitario y propalan una matriz que han logrado instalar en la opinión conocida como “ideología de género”. Son abiertamente defensores del concepto de familia patriarcal como la única opción saludable y moralmente buena, y contribuyen a las desigualdades de género.

Sus plataformas políticas, sus encuentros “pro-vida” y las múltiples iniciativas transnacionales de formación de liderazgos regionales constituyen procesos que, lejos de ser meramente coyunturales, plantean un proyecto de cooptación de lo público bajo una mirada de futuro.

Posición negacionista frente a la pandemia

Durante la actual crisis pandémica como consecuencia de la expansión del coronavirus, los actores neoconservadores religiosos han continuado actuando con distintas agendas y estrategias, y en distintos espacios, difundiendo teorías falsas que colocan la responsabilidad en un “otro” externo; una suerte de las teorías de la conspiración que acusan a actores nacionales e internacionales de originar la pandemia. Algunas de las tesis lanzadas en esa línea se refieren a que el Covid-q9 ha sido inventado en laboratorio, que es resultado de la acumulación de pecados, que es una táctica de Satanás para desatar el pánico o que la vacuna será un instrumento para controlar a la humanidad. Así se alimentan narrativas conspirativas y de miedo, que tienen más posibilidades de calar en contextos de alta incertidumbre, como los que caracterizan esta crisis sanitaria. También se encuentra la retórica negacionista, según la cual la pandemia no existe o no es un asunto grave. Líderes religiosos han desafiado las medidas de aislamiento físico y han arriesgado la vida de las comunidades de fe. Eso ha pasado en Chile, Brasil, Perú y otros países. El negacionismo no solo ha provenido de estas voces, sino que ha sido un programa presente también en algunos gobiernos, especialmente en Brasil y, en una primera etapa, en México.

Sus campañas antiderechos están enfocadas contra los derechos sexuales y reproductivos. Las crisis sanitarias ponen en riesgo agravado esos derechos y así se demostró, por ejemplo, durante la crisis del ébola. Por ello, organizaciones internacionales como la OMS, ONU, UNICEF, UNFPA, entre otras, se han pronunciado a favor de proteger los derechos sexuales y reproductivos, y sus garantías. En respuesta, el neoconservadurismo religioso ha denunciado lo que considera un lobby abortista de esas instituciones. Por ello, uno de los aspectos prioritarios de su agenda es el de disciplinar a la moral sexual, impulsando cruzadas en contra del aborto, la educación sexual y los derechos de las mujeres y personas LGTTBIQ.

En contraste, asumen posturas de defensa a ultranza de la familia nucleada, (entendida como monogámica, heterosexual, reproductiva y con roles de género rígidos).

El campo neoconservador utiliza la “ideología de género” para aludir de manera peyorativa a las demandas de los movimientos feministas y LGTBIQ, tildándolas de construcciones doctrinarias, alejadas de la realidad objetiva e impuestas de manera autoritaria al conjunto social. En general, usan este discurso para tildar la agenda de género de “marxismo cultural”, esto es, un nuevo marxismo abocado ya no a transformar las estructuras económicas sino la cultura, afectando así a la estructura familiar, a las identidades de género y a la sexualidad. Así, el discurso de la “ideología de género” logra despertar una serie de pánicos morales asociados a la sexualidad, e incluso al fantasma del comunismo, en una retórica que rememora la lógica de la Guerra Fría.

La estructura neoconservadora en América Latina está integrada por sectores plurales que superponen esfuerzos y, en su acción conjunta, construyen una ética y una narración comunes. Expresan una unión, relativamente circunstancial pero potente, entre sectores evangélicos y católicos (iglesias y movimientos eclesiales), los cuales ponen entre paréntesis sus históricas tensiones doctrinales e institucionales y, en conjunto, producen alianzas con actores laicos. ONG, centros de estudios, y plataformas de organización transnacional, conforman frentes de protesta y participación pública en los que confluyen personas de diferentes grupos socioeconómicos. Tienen una agenda nuclear, orientada a asuntos relacionados con la moral sexual, pero su programa no se agota ahí. Convergen actores religiosos con cámaras empresariales de las oligarquías nacionales y con figuras políticas de altísimo nivel en los aparatos de los Estados: diputados, congresistas, ministros, senadoras, funcionarios de distinto rango, actores de peso vinculados a partidos políticos de derecha, como presidentes y expresidentes.

Incursionando en la arena electoral

Varios de los líderes de sectas religiosas o de grupos ultraconservadores vienen incursionando desde hace algunos años en la arena electoral, con muy buen suceso, pues han logrado ser parte de los órganos legislativos o de los gobiernos, representando también a fuerzas económicas de peso, partidos confesionales como ocurre en Costa Rica, Brasil y Colombia.

Aunque la etiqueta “neoconservadurismo”, no está libre de imprecisiones, estos sectores pueden denominarse así por su fuerte apego a la tradición cristiana; a la defensa de un orden considerado “natural” y/o estable; a la moralización de la esfera pública; a la perpetuación de ciertas estructuras políticas, sociales y económicas de carácter jerárquico, entre otros aspectos. El prefijo ‘neo’ permite resaltar que, pese a estas continuidades con el pasado, la reacción conservadora frente a la politización de la sexualidad, en especial desde la segunda mitad del siglo XX, ha adquirido nuevas expresiones políticas y estratégicas que renuevan los tradicionales componentes del campo conservador. Los derechos sexuales y reproductivos actualizan las formas de concebir la politicidad del cuerpo; obligan al campo de oposición a reconfigurar los modos de operar política y culturalmente, y sitúan a los temas de género y sexualidad como parte medular de su agenda local y global.

Este proceso de construcción del campo neoconservador latinoamericano da cuenta de tres dimensiones esenciales. En primer lugar, el fuerte carácter católico, al que recién en años posteriores se sumarían con fuerza otras identidades, como las evangélicas. En segundo lugar, en sus inicios, el carácter de esta militancia, autodenominada “pro-vida”, fue dominantemente preventivo en Latinoamérica. Y finalmente, el avance transnacional de los derechos de las mujeres y personas LGBTTIQ es uno de los factores que ha incidido con más fuerza en la reacción de sectores religiosos conservadores.

Mientras el catolicismo ha estado históricamente asociado con las esferas de poder en América Latina, la creciente importancia que el mundo evangélico ha dado a la política en las últimas décadas añade nuevas reconfiguraciones a esa tradicional influencia religiosa.

En diversos países es posible observar cómo gran parte del activismo neoconservador, ya sea católico, evangélico o sin una identificación religiosa explícita, se ha volcado hacia proyectos orientados a ocupar el Estado. Brasil es un caso emblemático, por ejemplo, cuando Jair Bolsonaro realizó una reforma institucional clave en este tema al cambiar el nombre del Ministerio de las Mujeres y Derechos Humanos por el de Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos. El giro en este caso no fue nominativo. Para dirigir a este Ministerio se nombró a la pastora evangélica Damares Alves, actora clave en la promoción del discurso de “la ideología de género” y férrea opositora al aborto en todos los casos. Además, fue por varios años asesora del senador Magno Malta, también evangélico, autor y activo impulsor del proyecto de ley de penalización absoluta del aborto, que se activó en el Senado en 2019.

Quizás el fenómeno más destacable de este renovado impulso político-partidista sea la conformación de nuevos partidos políticos neoconservadores. Ante la falta de posturas estrictas en materia de moral sexual por parte de algunas colectividades políticas tradicionales, activistas neoconservadores incursionan con más fuerza en la política electoral, y comparten con los partidos que otrora canalizaban parte de sus reclamos. El caso chileno puede resultar ilustrativo. José Antonio Kast, un exdiputado del partido de derecha pinochetista Unión Demócrata Independiente (UDI), es hoy un importante referente neoconservador. En 2016, Kast se desvinculó de la UDI, en 2018 fundó el movimiento Acción Republicana y en 2019 lanzó su propio estructura política, el Partido Republicano. Aunque su agenda política es múltiple, los temas asociados a la moral sexual tienen un lugar importante. En su declaración de principios se destaca la defensa de “la vida desde la concepción hasta la muerte natural”, de “la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer” y de “virtudes morales objetivas, las que responden al orden natural de las cosas”.

Otros ejemplos de nuevos partidos, donde los temas de moral sexual tienen un peso gravitacional, son Colombia Justa Libre (2017), el Partido Celeste de Argentina (2018) y la reciente alianza de derecha Libres, Alianza por la Libertad, en Ecuador, para postular a los comicios de 2021.

Ante este panorama, los desafíos para la agenda de los derechos sexuales y reproductivos son importantes, teniendo de presente que la estrategia de articulación transnacional neoconservadora constituye una reacción a las conquistas de los movimientos feministas y LGBTTIQ.

El desafío a futuro supone ampliar y construir agendas y proyectos que defiendan las conquistas logradas y por lograr, pero que, a su vez, avancen hacia la equidad real, desde miradas amplias respecto de los derechos sexuales y reproductivos y su imbricación con los pluralismos religiosos, la educación pública, los temas vinculados a la distribución de las rentas, las cuestiones medio ambientales, entre otros.

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Derechos en riesgo en América Latina. 11 estudios sobre grupos neoconservadores