Ya… Por favor… No más… Criminales con uniforme

POR HÉCTOR PEÑA DÍAZ

Ya sin el “por favor” del abogado moribundo, la gente dice no másLas ciudades colombianas protestan y se levantan contra el asesinato de Javier Ordóñez por dos criminales vestidos de policías. La gota que rebasó el vaso. Se confirman en Bogotá las muertes de jóvenes por disparos de la policía. La ira se tomó las calles bogotanas. Hay muchos CAI y buses de Trasmilenio incendiados. No es fácil pedir calma y cordura a una marea represada, a un dique que se ha roto, hay una energía desbordada y lo más grave es que la reacción policial es brutal y más arbitraria que la misma protesta desorganizada de la ciudadanía. Son innumerables lo desmanes policiales. Para poner un ejemplo, una grabación nos muestra como más de diez policías agreden cobardemente y sin misericordia a patadas y bolillo revientan a un muchacho. Hay una tensión que no presagia nada bueno: heridos, muertos, destrucción… y un poco de aire para un régimen moribundo que solo puede sostenerse hoy por el autoritarismo y el miedo de la gente confinada.

Indigna la alevosía e infinita cobardía desplegada, dada la indefensión de la víctima. Lo que vimos en el video que un valiente ciudadano filmó es el horror máximo: dos supuestos representantes de la ley, “autoridades” cuya misión constitucional es proteger los derechos y garantizar la convivencia, ensañarse con una persona vulnerable, que como George Floyd rogaba por su vida, solo que ahora en Bogotá no era «no puedo respirar”, sino «ya… por favor  no más».

 Indigna la reacción de Duque, un hombre de una vanidad insufrible, que carece de la más mínima sensibilidad para entender la gravedad de un hecho de esta naturaleza. Felicita  a los comandantes policiales por su actitud “gallarda” y “férrea” de iniciar las investigaciones. ¿Será que ese señor sabe de qué está hablando? Qué valentía y tenacidad  hay en ello: ninguna. Es increíble que alguien de la mediocridad de Duque esté “gobernando” a los colombianos. No tiene idea de dónde está parado piensan algunos, aunque otros dicen, es tan malo y siniestro que no lo parece y quiere imponer su agenda reaccionaria a toda costa.

Es hora de reformas profundas a la Policía: desvincularla del Ministerio de  Defensa, al fin y al cabo es un cuerpo armado de naturaleza civil según la Constitución; eliminar el fuero policial para que sea la justicia ordinaria la que juzgue el abuso policial, revisar a fondo los protocolos de ingreso y los cursos de formación de los cuadros policiales, profesionalizarla  como en la mayoría de democracias instaurando un carrera policial en la que se supriman los grados “militares”, no más generales sino comisionados de policía. Pero todos estos cambios indispensables no responden  a la pregunta: ¿qué hay en la cabeza de los policías? ¿Odian a la gente del común de donde ellos provienen, cumplen consignas de sus superiores, se unen al clima de impunidad existente o simplemente tienen el alma podrida? ¿Se han convertido en una fuerza de ocupación contra los ciudadanos? La alcaldesa de Bogotá hablaba de 138 casos de abusos policial en lo que va corrido del 2020 sin que la Policía le haya parado bolas a las denuncias. La Policía responde a sus comandantes y no a los alcaldes, sigue operando un espíritu de cuerpo y una ley de silencio como las de la mafia. La corrupción es una gangrena que se extendió por el cuerpo policial y en su interior hay clanes y grupos de poder que nadan tiene que ver con su función constitucional.

Colombia se hunde, la desazón cunde. Falta la destorcida social después de la cuarentena. El Coronavirus se ensaña con los viejos pero no con las malas yerbas del pantano dirigente. Se percibe algo nuevo en el horizonte, ojalá que el precio de ese país que se asoma no sea un cementerio de jóvenes como el que hoy se construye con la complicidad del gobierno.

Hay que hacer un esfuerzo superior y sostenido para que las trasformaciones que la sociedad colombiana reclama puedan llevarse a cabo por la vía pacífica y democrática. A los que se siempre se han beneficiado de la violencia y el temor no les conviene una ciudadanía consciente. No hay que darle la excusa perfecta a los que quieren mantener sus privilegios a punta de represión y autoritarismo. No hay que repetir otro “nueve de abril”: la ciudad destruida y los cadáveres del pueblo en las calles.  La indignación debe traducirse en una experiencia colectiva, en una energía que impulse los cambios sin violencia.

Es muy difícil un reencuentro entre los colombianos con un gobierno cuyo discurso es la división y el enfrentamiento, unos gobernantes que no han entendido que están allí para representar los intereses comunes de todos, incluso de los que no votaron por ellos. Si el gobierno se comporta como un bando, la fragmentación social y la violencia se multiplicarán.

Es la hora de la verdadera democracia.