Una renta básica universal para equilibrar la riqueza

David Casassas.

POR BIBIANA RUIZ /

Entrevista con el sociólogo catalán David Casassas, profesor de Teoría social y política en la Universidad de Barcelona, integrante del comité de redacción de la revista electrónica Sin Permiso, y autor del libro Libertad incondicional. El derecho a la Renta Básica Universal (Ediciones Continente, marzo 2020).

En este trabajo bibliográfico, Casassas explora los caminos, prácticas y mecanismos institucionales de los que las poblaciones trabajadoras pueden servirse para reapropiarse de sus vidas. El libro aspira al rearme de recursos materiales y simbólicos para contar con instrumentos incondicionales que puedan hacer efectiva la “libertad republicana”. Allí el autor aclara que la Renta Básica no constituye una panacea de validez ubicua, universal y transhistórica en sí misma: la toma como eje del conjunto de mecanismos con los que operar para poder negociar vidas deseadas y vivibles.

¿Cómo se define la renta básica?

La renta básica es una asignación monetaria de cuantía suficiente, es decir, igual o superior al umbral de la pobreza, pagada por los poderes públicos con arreglo a tres principios: universalidad, incondicionalidad e individualidad. La recibe cualquier ciudadano (personas, no hogares), con independencia de cualquier otra posible fuente de renta, comportamiento en el mercado laboral o circunstancia que acompañe nuestra vida (discapacidades, no discapacidades, modelos de convivencia, etc.). Habría que añadir que no es una renta básica que sustituya el estado de bienestar, sino que forma parte de un paquete amplio de recursos público-comunes dentro del cual también hay ingresos universales, incondicionales e individuales, pero que va más allá.

¿Cumple una función de rescate?

Yo creo que sí, pero el término “rescate” puede adquirir connotaciones peyorativas o positivas. Tomemos las segundas. Frente a los grandes planes de rescate bancario que hemos vivido, por ejemplo, en Europa –en América Latina también sabéis lo que es, pero en Europa los conocemos muy bien–, que son los famosos rescates públicos de las minorías de siempre por parte de las oligarquías de siempre, con la propuesta de la renta básica hay un llamado a un rescate del grueso del demos, del grueso del cuerpo democrático a través de recursos que hagan que todas las vidas, no solo las de los de siempre, sean algo vivible. En ese sentido, sí, por supuesto, esto forma parte de un plan de rescate de ambición profundamente democrática, y yo creo que ciertos movimientos sociales recientes –y pienso en el 15M de España, en Occupy (Wall Street) de Estados Unidos, en los estudiantes chilenos, en muchos movimientos sociales en muchos países– se han acercado a esta propuesta, precisamente, por lo que tiene de rescate de una ciudadanía destrozada, hecha jirones como consecuencia de la desposesión capitalista, que es constante y que se acrecentó con el giro neoliberal del capitalismo.

¿Cómo se resignifica en el contexto actual?

Creo que ha ocurrido algo que nos ha dejado a todos muy sorprendidos, que no es que, con la aparición del Covid-19, haya mucha gente que lo esté pasando mal, sino que la gente empezó a pasarlo mal enseguida. Yo no sé en Argentina, donde a lo mejor se han tomado otras medidas, pero en España la gente cayó al segundo día de pandemia porque la estructura productiva, las condiciones de trabajo y las condiciones habitacionales son muy precarias. Nuestras vidas se aguantaban con alfileres. Nuestras vidas estaban muy precarizadas, y la pandemia, o el hecho de que la pandemia haga caer a tantos tan rápido, ha puesto muy de manifiesto cuán importante es volver a levantar mecanismos de protección y de solidaridad social entre la población trabajadora. La renta básica es una medida por la que deberíamos parar la rueda del hámster en la que estamos instalados y, a partir de ahí, pensar si realmente queremos vivir en ella. ¿Qué está pasando? ¿Por qué la gran mayoría no aguanta dignamente? Seguramente porque faltan medidas como la renta básica o como todo aquello público-común de alcance universal e incondicional.

¿Cómo hacer del mundo del trabajo un lugar compatible con la dignidad humana?

A mí me encanta el lema del Movimiento popular chileno por una Constituyente, que habla siempre de la necesidad de luchar “hasta que la dignidad se haga costumbre”. Existe una voluntad de recuperar el concepto de dignidad y hacerlo nuestro, y eso es importantísimo. En este sentido, se han de poder democratizar todas las relaciones sociales, empezando por las de trabajo, pues la dignidad tiene que ver con la posibilidad de democratizar esas relaciones de trabajo, tanto remunerado como no remunerado (el doméstico o las formas de trabajo voluntario también son cruciales). Para ello, es importante que quienes participan en esas relaciones cuenten con recursos para codeterminar las condiciones de la realización de ese trabajo: qué se hace, cómo, cuándo, con qué usos del tiempo, con quién, a qué ritmo, por qué, para qué. Dignificar el trabajo significa tener mecanismos para poder, todos y todas, no solo los de siempre, determinar la naturaleza de cualquier tipo de trabajo: remunerado –asalariado o cooperativo–, doméstico, etc.

En el texto menciona a los trabajadores precarizados, y suena raro pensar que los que están detrás de esos negocios piensen en la renta básica. Sin embargo, en muchas de las compañías que los contratan la idea de la renta tiene asidero. ¿Cómo se explica?

Habría una forma de acercarse a la renta básica que yo creo que sería errónea, injusta, pero sin duda posible –estaríamos ante una renta básica neoliberal–, consistente en decir: “desmantelamos el estado de bienestar o lo que haya de ello, cualquier política pública, no hay salario mínimo, pero damos una renta básica como quien da cacahuetes y de paso bajamos los salarios”. Un mundo así igual puede ser apetecible para según quien, pero lo que yo digo –y decimos muchos y muchas– es que la renta básica tiene que formar parte de un proyecto colectivo democratizador, horizontalizador de la vida social, y por ello debe ir acompañada, por ejemplo, de un salario mínimo interprofesional para que no pueda haber chantajes a la baja a la hora de fijar salarios. También debe ir acompañada de otras muchas medidas de política pública que requieren financiación, con lo cual estas gentes a quienes quizás les podría interesar la renta básica neoliberal seguramente ya no estarían interesadas en el tipo de renta básica que yo propongo, a no ser que quieran vivir en un mundo más decente. En Estados Unidos, sobre todo –pero no solo–, hay think tanks que proponen modelos ultraliberales de renta básica y ese sería el gran peligro.

Cuando se refiere a pensadores republicanos, cita a Aristóteles, Adam Smith y Karl Marx. ¿Por qué los coloca alineados?

Porque en todos ellos existe la consciencia de pertenecer a una misma tradición, que, bien mirado, es la del pensamiento político hasta el siglo XIX: la tradición republicana. En esta tradición hay versiones oligárquicas y versiones democráticas, pero en todas ellas nunca se rompe el vínculo entre libertad y acceso incondicional a recursos. Aristóteles, Smith y Marx tenían clarísimo que el problema que sufría la gente trabajadora es que “vivía con el frenesí propio de los desesperados” –esto es una frase literal de Smith–. Aristóteles decía que los trabajadores asalariados son esclavos temporalmente limitados, o sea, “esclavos a tiempo parcial”. Marx hablaba de “esclavitud salarial”. Aristóteles era un aristócrata, Marx era un revolucionario. O sea, el proyecto político era distinto, pero la fotografía de la vida social, de cuño republicano, era exactamente la misma. Lo que rompe con todo esto es la tradición liberal, que es la que nos dice a partir del siglo XIX –nadie antes dijo lo que dijeron los liberales a partir del siglo XIX– que la gente es libre, sencillamente, porque es igual ante la ley. O, dicho de otro modo, que la gente es libre porque tiene un documento nacional de identidad igual, que no dice que tú eres propiedad de nadie, que eres esclavo de alguien. Así pues, según los liberales, por el mero hecho de que se diga que somos iguales ante la ley, ya somos libres. Esta es una definición de libertad que ninguno de los tres autores citados –ni nadie antes del siglo XIX– había manejado. Hasta entonces, todo el mundo sabía que solo puede ser libre quien tiene recursos incondicionalmente garantizados. Y la pregunta que habría que hacerse es: ¿y esos tienen que ser todos o unos pocos? Aristóteles decía que unos pocos y seguramente Marx diría que todos. Pero el esquema, la fotografía, la comprensión de la libertad era la misma. Esto lo trabajó muy bien un filósofo español, Antoni Domènech, en El eclipse de la fraternidad (Akal, 2019), que es un libro que cuenta de un modo clarísimo esta continuidad entre Grecia, Roma, las repúblicas renacentistas, la Revolución Inglesa, la Revolución Francesa, la Revolución norteamericana y cómo ahí, con el auge del liberalismo, hay un gran eclipse de todo esto. Y cómo en cambio los socialismos heredan esa gran tradición republicana.

Hay críticas también a la renta básica. Se dice que es inviable y que podría ser una utopía de emancipación…

Muchas medidas y realidades que hoy son de sentido común se tildaron de utópicas. De lo que se trata es de poder instalar en el sentido común societario algo que me parece tan de sentido común –valga la redundancia– como que una vida no se negocia, como que no podemos vivir constantemente pidiendo permiso a quienes controlan los recursos. Esa gente que toma consciencia de su situación de profunda precariedad puede ir articulando el sujeto político que permita que esto que a algunos les parece utópico deje de serlo. Y es que en esto de la renta básica no hay utopía alguna, porque es algo totalmente practicable; lo que sí hay es un verdadero problema de viabilidad política que tiene que ver no con que la propuesta sea utópica, sino con que es conflictiva: si todos accedemos al poder de negociación que confieren recursos incondicionales, quienes hoy mantienen privilegios, que son pocos pero poderosos, salen perdiendo. Ahí está el núcleo del asunto, que no tiene que ver con la viabilidad técnica, sino con la voluntad y la capacidad política.

Revista Ñ, Buenos Aires.